Amor de mar nunca llega al altar

Para mi despedida de soltera, mis amigas me llevaron con los ojos vendados al aeropuerto, con destino final Ibiza. No sé si es porque era la mía, pero me pareció la mejor despedida de este mundo. Tal es así que, cuando me divorcié, me parecía lo más apropiado volver a celebrarlo a la isla blanca. 

Mi amiga Georgina, mi compañera en este viaje de inauguración de mi nuevo estado civil, es muy top. Siempre está impecable, suda purpurina y toda ella es glamour. A su lado soy una auténtica piltrafa, pero aprendo de ella para algún día ser tan cool. Habíamos alquilado un coche y nuestro plan de ruta era el siguiente: el jueves David Guetta, el viernes discoteca menos cara, el sábado Privilege con Sean Paul. De día: ferry a Formentera, día en Cala Conta, Cala Tarida, Cala Bassa, atardecer en Café del Mar, día de playas del norte, domingo la puesta de sol en Benirrás. 

Fue en alguna de esas calas idílicas en las que conocimos a Max. Estábamos intentando copiar la pose de una chica de la que nos hicimos muy fans —tanto de ella como del pobre novio súper paciente—, pero mi resultado no era del todo bueno. Comparad vosotros mismos:

La modelo de la pose sensual
Yo, haciendo lo que medianamente se puede
A Max le hizo mucha gracia nuestra estupidez y se ofreció a sacarnos una foto a las dos. Era el socorrista argentino de la playa. Ya es sabida la labia que tenemos tienen los argentinos y como triunfan los socorristas con esos bañadores rojos, por lo que, de un momento a otro, pasó de sacarnos fotos a apuntar nuestros móviles e invitarnos a una fiesta en un barco al día siguiente. 

Cuando subimos al barco, la organizadora del evento nos dijo que nos presentaría a otros argentinos, que quizás los conocíamos. Me hace gracia, somos más de 44 millones de argentinos, ¿qué os hace pensar que nos conocemos todos? En fin, obviamente no los había visto en mi vida. Pero Max estaba muy emocionado con el encuentro, muy emocionado. 

—¿No saben quién es?
—Ni puta idea
—¿Pero qué clase de argentinas son? ¿No les gusta el fútbol?
—Mmm... Nop

Se trataba de un futbolista muy famoso, que ahora jugaba en un equipo de la primera de Italia, 

Como comprenderéis, mi nivel de ruina, después de dos días a todo trapo, era interesante... Pero sólo te divorcias una vez en la vida (hay quien tropieza dos veces con la misma piedra, yo paso de esta piedra como de la mierda). A medio viaje, mi tarjeta echaba humo y mi efectivo era inexistente. Pero al subir al barco vimos la luz, y el amor, claro. 


Seguro que mis lectores españoles no saben qué es ser botinera. Pues dícese de la mujer / novia de un futbolista que no tiene ni oficio ni beneficio, pero vive como una reina. Ahora sí, ¿verdad? Georgina y yo nos miramos y dijimos al unísono: "¡botineras!". 

Se nos acumulaba la faena, por un lado teníamos al socorrista y por otro al futbolista, además de la barra libre, las masajistas, el body-painting y las motos de agua. Max insistió en hacerse con la súper cámara de Georgi y sacaba 200 fotos por minuto, de cualquier cosa que hiciéramos en la fiesta. Salí a dar una vuelta en jet ski con uno de los monitores y Max captó el momento exacto en el que salté al mar e intentaba trepar a la moto con las bragas a medio culo, exponiendo mi bonita hucha. 

Lo de la moto no fue tan buena idea, después de varios cocktails de colores y la cantidad ingente de sushi que había comido, estaba algo mareada del traqueteo del barco y de los saltitos que daba mi conductor con cada ola. Volviendo al barco, salté al agua y tragué medio mar Mediterráneo. Tosía como para echar el pulmón inundado fuera y Max, que estaba alerta, creyó que era buen momento para alardear de sus dotes como socorrista, y saltó en mi rescate. En el momento en el que lo vi saltar, volví a tragar agua y vomité. 


Lo siento, acabo de generaros una imagen espantosa. Pero es necesaria para explicaros como mi futuro de botinera millonaria se vio truncado en un momento. Max se acercaba dando brazadas de socorrista profesional y yo flotaba en medio de aquel asco, chillando que estaba bien y no necesitaba rescate. Para cuando me oyó ya era tarde. Futbolista observaba la escena desde la cubierta. Max me cogió del brazo y me llevó hasta el barco, sin decir ni media palabra. 

Me quedé sin el pan y sin la torta, arruinada y con una resaca del carajo. Niños, no hagáis esto en casa, que del glamour me quedé en el intento... Y ya sabes lo que dicen... ¡Amor de mar, nunca llega al altar!


Por cierto, ahora mismo estoy en Malasia, rodeada de mar otra vez... ¡si quieres puedes seguirme en Instagram (@roundtheworldfish) para ver mis stories y acompañarme en el viaje!


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2 comentarios:

  1. Creo que hay que tener mucho arte para mezclar en un mismo post la idea de sudar purpurina y rematarlo con esa imagen de vómito. De verdad te lo digo.
    Y poco más que decirte porque me disponía a cenar, pero como que me has quitado un poco las ganas...
    Besicos

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    1. Jajajaja lo siento... Ya ves que una quiere ser glamourosa y fashion, pero no hay manera...
      Besitosss

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