En busca del tesoro perdido: un hogar dulce hogar

Una piensa en home sweet home y enseguida se le viene a la mente el salón con esa alfombra peludita, la chimenea con su fuego a punto para el invierno, el olor a pollo asado viniendo de esa cocina reluciente y ordenada, una cama enorme llena de cojines bien acomodados y un vestidor como el del anuncio de Heineken. 

Mi home sweet home no se parece mucho a esa imagen, pero es un pisito muy cuqui en el que estoy muy a gusto, por primera vez con esa sensación de tener mi hogar. Pero... el viernes recibí un burofax con mucho cariño y con un "tiene hasta el 10 de diciembre para desalojar el piso". 




Ahora tengo un dilema existencial porque no sé dónde acabaré viviendo. Y lo jodido es que no hay muchas opciones entre las que elegir, menos en un plazo de un mes. 

Cuando vine a vivir a Barcelona, a mis 20 añitos, vivía con un compañero de trabajo en un piso que nos había dado la empresa. Era genial, porque además de ser gratis, este compañero tenía un instinto paternal hiperdesarrollado. Convengamos que yo era una cría que no sabía hacer ni un huevo frito y eso le daría pena, así que tenía cocinero privado. Nuestra dieta se basaba sobre todo en pizzas congeladas y tortillas del Mercadona, pero al menos me alimentaba. También lavaba mi ropa porque yo no sabía usar la lavadora y él debía creer que explicarme que tenía que apretar dos botones era algo muy complejo. Incluso me planchaba, porque tenía que plancharse sus camisas del traje y ya puesto... me planchaba hasta las bragas. Decía que así, con el calor, acababa de matar cualquier germen que la lavadora no hubiese exterminado antes (WTF). 


De esa maravilla de piso me fui cuando cambié de trabajo. Fui a parar a casa de una chica ecuatoriana unos años mayor que yo. También me parecía maravillosa al principio, porque ella trabajaba más que yo y salía todas las noches, así que me adueñé del mando de la tele y del sofá como si viviera sola. Además ella salía con chicos ricos que le hacían muchos regalos y tenía un armario estupendo y siempre me prestaba vestidos y joyas. El chollo se me acabó cuando me dijo que vendría su madre de visita unos días y esos días se convirtieron en tres meses y la señora no parecía tener intención de irse nunca. La señora madre era todo un ser invasivo. Me ordenaba el armario, a pesar de que yo insistía en que no debía entrar a mi habitación y que el desorden me hacía feliz. También hacía cantidades ingentes de arroz con leche y me obligaba a comerlo. Odio el arroz con leche. 

Por suerte me había echado un novio con un piso fantástico y pasaba tantas noches allí, que al final me acabé instalando como quien no quiere la cosa. Poco a poco fui consiguiendo hacer mía esa casa también. La reformamos juntos y mi mayor logro fue negociar que él escogiera el color del comedor y yo el de la habitación. Lástima que se le ocurriera pintar de naranja chillón, que es el único color que no puedo ni ver. Aún así, me acomodé varios años y estaba a gusto. Hasta que teníamos alguna discusión grave y me sentía algo desamparada con la idea de no tener casa.

Cuando me divorcié, nadie me ayudó con la mudanza. Hice mil viajes y tenía tanta rabia que la mitad de las cosas no quise llevármelas. Luego me arrepentí cuando tuve que volver a comprar vajilla, sábanas, toallas y un sinfín de cosas que ya tenía. En ese momento me prometí que no me volvería a pasar, que nunca más me iría a vivir a casa de alguien con poder para echarme. 

Viví un año con Mónica y fue un año genial. La convivencia era muy buena y las dos habíamos acabado con nuestras relaciones de toda la vida y estábamos empezando a descubrir que aún estábamos en el mercado y que ser unas golfillas molaba mucho. Creo que fue cuando empecé con mi alcoholismo, gracias Mónica. El único pero eran sus gatas malignas, que me odiaban y se meaban en todas mis pertenencias. Mónica puso el piso en venta y empecé a buscar nuevamente otro hogar.


No sé si lleváis la cuenta, pero me encontraba en la búsqueda de mi quinto piso desde que vivía en Barcelona. Conseguí un ático pequeñajo con una terraza enorme. Era ideal para una sola persona. Pero digamos que sola, sola... habré dormido sola un par de días. Tenía novio que se pasaba la mitad de los días allí. La otra mitad, los pasábamos en su casa. Así que teníamos dos pisos para dos personas. Su casa me resultaba incómoda, porque a pesar de que era mucho más grande y práctica que la mía, era la casa de su ex. Con las fotos de su ex, los cuadros de su ex y las toallas con las iniciales de su ex. Fíjate que hasta había ropa de su ex en los armarios. Tuve que ponerme firme y tener una discusión de las gordas para que le pidiera a esta chica que se llevara sus cositas tras 8 años de haberse largado de allí. Aun así, todo olía a ella y mi novio no accedía a cambiar ni un solo mueble de sitio. 

Por suerte teníamos los dos pisos, porque cuando me dijo que se iba a Africa (con su ex), hice las maletas y me volví a mi ático. Otra vez que nadie me ayudaba con la mudanza. En ese piso estuve unos 6 meses soltera, en los que tampoco dormí sola ni un solo día. Decidí volver a mudarme cuando adopté a Luisita, porque allí no aceptaban animales. Me cambié al piso del hermano de un amigo, que me dejaban a buen precio a cambio de que su pareja pudiera venir a dar clases de piano. Me pareció un buen trato. Lo malo fue que Luisa era una perra jodida y tenía ansiedad por separación, se portaba fatal, molestaba a los vecinos y todo era un desastre. Además, tenía de okupa a mi novio que había vuelto de su viaje por el mundo con su ex. Era tan imbécil (yo), que no quería que él pagara nada así si nos pelábamos (cosa habitual) me sentía con derecho de ponerlo de patitas en la calle.


Solo le di la patada un día. Luego nos reconciliamos y nos fuimos a vivir a un maldito pueblo pijo en la puta montaña. Que era bonito. Pero era a tomar por culo a la izquierda. Había que coger el coche hasta para ir a comprar el pan. Los vecinos eran hostiles y el dueño del piso era un impresentable. La relación que teníamos nosotros también era un puto desastre, así que nunca llegamos a instalarnos porque cada semana parecía que se iba todo a la mierda. La mitad de las cosas seguían aún en sus cajas y nunca colocamos ni un cuadro. El día en que todo se fue a la mierda realmente, por suerte sí tuve ayuda. 

Mi mejor amigo me alquiló una furgo y mi familia y otro amigo vinieron a ayudarme. Subimos los tres pisos sin ascensor cargando el sofá, todos los trastos, los muebles de Ikea y el colchón con el que dormí durante un mes en el suelo. Ese día, 21 de diciembre de 2014 empecé una vida nueva. Me mudé a mi pisito cuqui, con Luisa y mis 10 cajas, con tristeza extrema, pero con ilusión por empezar a hacer algo por mi misma. Pinté el piso. Me compré muebles nuevos. Acomodé los cuadros en el suelo y decidí que se iban a quedar allí los tres años. Monté y desmonté armarios. Puse chinchetas en mi mapa gigante. Cambié cuatro veces la ducha e intenté arreglar su mampara sin éxito otras tantas veces. Discutí con el vecino de abajo por gilipolleces. Organicé cenas de amigos, cenas de hermanos,  alojé a todas mis visitas de Argentina, tuve millones de citas románticas y no románticas. Bailé en bragas mientras barría. Compartí a temporadas con Marco y con la pequeña Sandra y con unos cuantos guiris divertidos. Fue en este piso donde empecé este querido blog. Lo hice mío. Este era mi home sweet home. 


Ahora todo ha cambiado. Ya no soy la misma, fueron tres años de aprendizaje, de locura, de transición, de emociones. Ya no encontraré un piso como este (madre mía, lo que han subido los precios en tres años...), pero encontraré otro hogar. Ahora ya estoy preparada para hacer de mi casa un hogar, sea una habitación, la casa de un rollete, un piso que alquile yo, o un cartón debajo de un puente. Dicen que los cambios son buenos... Hogar nuevo... ¡allá vamos!

PD: si tienes un piso bueno, bonito y barato en alquiler en Barcelona, ¡¡por favor envíame un privado!!

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8 comentarios:

  1. ¡Ay pobre! Pero bueno, piensa que lo mejor está por llegar. Hay que ser siempre optimistas y esperar que esta nueva etapa te depare algo genial.
    Besicos

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    1. La verdad es que después de una semana lo empiezo a ver como algo positivo... creo que será una gran oportunidad!! A ver si en breve os puedo dar buenas noticias!
      Gracias por los ánimos bonita!

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  2. Ostras!!!!! Seguro que acabarás encontrando un lugar al que acabes llamando hogar! Y será tan bueno o más que el que dejas! Hay que mirar siempre todo con optimismo. Ánimo Sofiaaa 😘😘😘

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    1. Seguro que sí!!! Los cambios son buenos, los cambios son buenos, los cambios son buenos... ommmmmmmm
      Gracias Alan!

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  3. Yo lo llamo vivir de prestado, he perdido la cuenta de los pisos que he visto durante los últimos años. Lo mejor, que en cada esquina de la ciudad conozco las entrañas de los edificios y puedo contar una anécdota divertida, o no tan divertida. Suerte con el piso, y cuidado con las ofertas que suelen tener trampa.

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    1. Entre tanto piso, he vivido de prestado dos veces. Horrible, odio vivir de prestado. Pero quizás hoy en día sea la opción más inteligente...

      Gracias José!!

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  4. Ánimo! Encontrar piso pagable en Barcelona es un suplicio sin garantías. Siento mucho que se termine la estancia en ese Pisito que tanto te ha aportado y (me da la impresión) estabilizado. Me sorprende que te puedan echar así de un mes para otro. Lo has mirado con algún abogado amigo?

    A propósito, cuando has descrito a las primeras personas con las que comprarías, me han venido à la cabeza un par de estereotipos. En el caso del primero me suena a pagafantas. Nunca intentó ningún avance por plancharte las bragas? 😂

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    1. Me da penita dejar mi pisito, pero bueno, lamentablemente es legal y hay muy poca ayuda para los pobres que no tenemos donde vivir. En fin, ya saldrá algo!
      Jajaja, el que me planchaba las bragas es un tío entrañable, nunca intentó nada, es un ser de otro planeta!

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