Una cita de 40 horas

Yo creo que fue el año pasado cuando hice match por primera vez con Teo. Por algún motivo que no conseguía recordar, lo perdí de mis matchs, quizás en algún arrebato de dejar las apps por apostar por alguien. El caso es que como limito mucho los kilómetros, voy quedando con casi todos mis vecinos y los usuarios de mi barrio, que no es muy grande. Debe ser por eso que, al final, se me repiten los matchs. También será porque sigo teniendo los mismos gustos que hace un año.

La primera conversación fue divertida. Hablamos de desayunar, de lo que me flipan los croissants con jamón y queso y el Nesquik y de que si me lo traía a la cama hasta podría casarme con él. Obviamente lo de casarme era mentira, con una vez ya tuve bastante.


Acababa de volver de Malasia, con una sequía importante y esto no se podía tolerar en pleno verano. Bueno, en invierno tampoco. Tenía el whatsapp echando humo con un montón de apellidados "Tinder, Badoo, Apolo, Razz, Escalador, Carpintero, Abogado". Teo me dijo de quedar un miércoles ,justo cuando Arnau "el escalador", estaba de camino a ver mi piso (mi casi ex piso, snif) y "dormir la siesta". Primero lo primero, así que en ese momento decidí que era mejor malo conocido que bueno por conocer y pasé la tarde con Arnau, del que por cierto un día de estos debería escribir.

Volvió a escribirme el viernes cuando estaba en el cumple de Paola. El chat con él era entretenido o me debía estar diciendo alguna cosa que me hacía sonreír de manera boba. Mi amiga Noe se dio cuenta y me preguntó quién era el chico. Le dije que aún no lo conocía, que iríamos a echar el vermut al día siguiente. Le enseñé la foto. 


—Se llama Teo, vive en la calle de abajo—, dijo Noe. 
—Mierda, ¿tú también hablas con él?
—No tía, es el chico de teatro, ¿te acuerdas?

Fuck. Claro que me acuerdo. Noe y yo nos contamos todo. Somos cómplices en miles de aventurillas y nos pasan un montón de cosas parecidas, sobre todo cuando se trata del arte de ligar. La historia del chico de teatro nos marcó, porque por fin había algo fuera de las apps. Ella se apuntó a clases de improvisación y allí estaba él, improvisando. A Noe no acababa de hacerle mucha gracia la idea de gatear como un perro o chillar como una loca, pero intentaba seguir el juego. No sabemos muy bien a santo de qué, a Teo se le ocurrió improvisar chupándole un dedo. Ahí quedó la anécdota. Luego ella se lo encontró en Tinder. Y yo también, así que como ella lo había visto primero, yo lo eliminé (ahora sí me acuerdo de qué me sonaba). Tuvieron una cita y allí hubo algo, pero no fue a más. Noe abandonó las clases y nos olvidamos del chupadedos enseguida. 

¿Y ahora iba a quedar yo con él? Ni hablar. Este tío me estaba tomando el pelo. ¿Cómo no me dijo nada si salgo con Noe en una de mis fotos del perfil de Tinder? Me puso de una mala leche considerable la situación. Noe me insistió en que era buen chico, que ella pasaba, pero que quizás a mi me gustaba. Y a mi me daba rabia tener ganas de quedar igualmente, a pesar de que no me gusta coger los restos de mis amigas. «Bueno, un vermut. Que sea lo que el Universo quiera. Quizás debo quedar con él, que esto puede ser una señal. Pero primero se va a enterar de que a mi no me puede venir con estos jueguecitos». Él me dijo que no había prestado atención a las fotos. La estaba embarrando aún más. En fin...


Quedamos a tomar algo al mediodía en el bar de abajo de mi casa, el de las citas rápidas. Tenía el presentimiento de que esto iba a ser cosa de media horita. 

A las dos horas, pensamos que sería buena idea comer algo para compensar tantas cervezas. Nos movimos a otro bar. Pedimos más cervezas, compartimos croquetas, hablamos de Noe, del dedo, de su gata y de no creer en las relaciones. A lo que a mi me daba exactamente igual, total a fin de año me quería pirar de esta ciudad loca y lo que menos quería era una relación. Me dió un beso, uno de los que molan. Ya estaba borracha y a gusto. Pero había quedado a cenar con mis amigos. Le dije que iba a subir a casa a cambiarme para irme. Subió conmigo. 

Hablamos durante horas. Hubo más besos. En el sofá. En la cama. En la cocina. A la mierda lo de no follar en la primera cita. Me salté todas mis reglas de lo que no debe hacerse la primera vez. Nos comimos un fuet a bocados. Cancelé la cena con mis amigos. Seguimos dando vueltas en la cama hasta la mañana siguiente. Tenía que irse a comer con unos amigos. Lo acompañé a buscar su moto. Nos sentamos en el bar donde estaba aparcada y desayunamos. No era croissant con jamón y queso y Nesquik, pero era cerveza con bocadillo de tortilla, que también sabía a gloria. Y otra cerveza. Y canceló su comida. Y me invitó a comer a su casa. Era el cumpleaños de su gata y lo había pasado conmigo. Eso es importante, ¿no? Hizo pizza y la comimos en el mismo sofá en el que habría estado Noe alguna vez. Intentaba no pensar en eso. De a ratos conseguía olvidarme, no quería irme. Me preguntaba si en algún momento me echaría. Pero no, me fui el lunes por la mañana a trabajar. 


Fue una cita de 40 horas. 

3 meses y 10 días después, me vuelvo a levantar para ir a trabajar desde su casa. Me pregunto en que momento me he liado de esta manera y por qué tengo la relación que no quería tener, la que insistimos en no llamar relación. Me pregunto si seguirá trayéndome croissants con jamón y queso con Nesquik a la cama y si sobrevivirá el cactus que me regaló. Si pensaré toda la vida en él cada vez que sean las 11.11hs. Me pregunto si será verdad la teoría del hilo rojo y por qué nuestro hilo es tan retorcido...


Continuará...


Si te ha gustado, ¡compártelo!:

2 comentarios:

  1. Más que una cita esto es un citón...
    Se dice que lo que mal empieza, mal acaba, parece que tú eres la excepción que confirma la norma.
    Si tú estás feliz, yo me alegro mucho por ti.
    Besicos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Este pez nada a contracorriente!! Estoy feliz, gracias Mary!! Muackkkk

      Eliminar